sábado, 17 de agosto de 2019

Fernando Cabrita, Aullido en Portugal

La publicación de Aullido en Portugal.
Artículo aparecido en el número 4 de Alameda 39.
Traducción del portugués: Gema Estudillo

                                                               
                                                                                      Fernando Cabrita


La primera edición de Aullido en Portugal data de 1973 y fue presentada a los lectores portugueses por la hoy ya histórica colección de Cuadernos de Poesía D. Quixote. La traducción era de José Palla e Carmo y la edición tenía, como era costumbre en todos los volúmenes que la componían, una imágen contrastada en blanco y negro sobre un fondo verde claro de cubierta. La imagen era del poeta Allen Ginsberg, entonces para nosotros absolutamente desconocido. Pero aparecía en la imagen como un santo o un revolucionario aturdido por el mundo le tocó vivir. Antes que nada debemos decir que, aunque la poesía de Ginsberg llegó hasta nosotros con 18 años de retraso respecto a su primera lectura pública (EEUU, 1955), los jóvenes portugueses de entonces que amaban la poesía sentían su llamada y buscaban ávidamente algo nuevo, ya fuera una ruptura, un nuevo soplo de aire o un nuevo espíritu que transgrediera los, entonces engañosos para nosotros, neorealismo y surrealismo, tardíos también ambos pero ya agotados después del fulgor de las décadas de los '50 y '60: Para esos jóvenes – entre los que me incluía yo a los 19 años - esta edición era una epifanía.
A pesar de esos 18 años de retraso, casi dos décadas, el extenso poema de Ginsberg venía y vendría a marcar indeleblemente la joven literatura de entonces, tanto la que ya se publicaba como la que aún no se había publicado; la literatura que nacía de los poemas de adolescentes y jóvenes que empezaban a labrar una nueva y personal forma de escribir. Jóvenes que escribían con arrojo y esperanza y siempre con el ansia de encontrar en las palabras y por las palabras algo diferente, algo nuevo, algo que nos proporcionara el asombro y la magia de la poesía que, siendo etérea, no dejase de ser profundamente humana; que, siendo rebelde, no estuviese subordinada a posicionamientos ideológicos. Lo que anhelábamos para un poema era un modo de expresión que fuese al mismo tiempo atemporal y libre, arriesgado y alegre, la maldición y la ascensión a lo más sublime, la denuncia y la experiencia, por más abyecta y dolorosa que fuera.
Y entonces cayó en nuestros brazos y en nuestra alma esa ansiada voz libre, nueva y maldita. Y gracias al deseo de conocer a ese autor y a sus semejantes, supimos enseguida que estaban revolucionando la literatura americana y de paso, la anglo-sajona y mundial desde finales de los 50.
Unos meses antes, también de la mano de los Cuadernos de Poesía D. Quijote, hizo acto de aparición un joven escritor portugués, Nuno Júdice, que trajo con su primera obra, La noción de poema, una revolución en la temática, en el pensamiento y en la forma de la poesía nacional. Eran tiempos gloriosos para mi generación, esa juventud de finales de los 60, inicios de los 70, que ardientemente perseguía el sueño de una nueva forma de expresar poéticamente las emociones, el pensamiento y la sociedad, sin jamás perder el hilo esencial de su intimidad y de su propia vivencia del mundo. Júdice y La noción de poema fue, en ese señalado año 1972 lleno de sueños, ilusiones y esperanzas, pero también de miedo, oscurantismo y opresión en la Portugal salazarista/ marcelista, una señal de primavera literaria y - como ya escribí cuando me referí a Nuno Júdice y a su libro en Ocho Libros de Ocho Poetas -una profunda innovación de la poesía, basada en un "pensamiento crítico sobre la propia poesía, metapoesía, si lo que queremos; algo que, sin embargo en aquel entonces, aún no percibíamos totalmente en toda su amplitud pero gracias al cual sentíamos la presencia fresca y altiva de un lenguaje poético absolutamente nuevo, absolutamente cautivador para cuantos estaban esperando que algo viniera y nos tocara, como un dedo de dios en la Capilla Sixtina de nuestras almas juveniles. En realidad, éramos tan jóvenes que no percibíamos muy bien lo que allí había, pero percibíamos que aquello era una cosa nueva y diferente. Vimos una poesía que transgredía las reglas de la poesía. Era una voz nueva, genuina, vibrante, que trangredía las formas preestablecidas y todas las experiencias anteriores”
La llegada a Portugal de Aullido, que recogía fragmentos de Kadish y Reality Sandwiches, otro de los libros detacados de Ginsberg, inmediatamente después de Júdice, nos dio a conocer lo que ya venía de lejos, de casi dos décadas atrás, ese movimiento literario que despertó en la América de los años 50 y que se presentía y atisbaba en La Noción de Poema, obra maestra que, lo vimos después, también contenía en sí esa influencia salvífica e innovadora de la generación literaria que en Estados Unidos se designaría a sí misma como beat-generation.
El camino estaba abierto. Leimos a Ginsberg y después de él  quisimos saber quién era Jack Kerouac, quién era Carl Solomon, quién era William Carlos Williams, quién era el editor de esa extraordinaria City Ligths, que tan valientemente golpeó la cerrada moral americana con la edición de este libro; y quisimos conocer a Lawrence Ferlinghtettin y después, a Harold Norse, a Langston Huges, a Frank O'Hara, a Anne Sexton, a Gregory Corso o a Diane de Prima.
En el plano personal, yo conocía ya la poesía de Walt Withman, en una edición antigua de 1943 que estaba en la estantería de mi padre al lado de una edición americana, (creo que de Pinguin, aunque ahora no lo sé con certeza) ; y por lo tanto había leído ya precozmente a Withman en bilingüe, superando el inglés a base de esfuerzo con la versión en portugués para ir decodificando las expresiones inglesas más difíciles. Y leyendo a los autores de la beat genaration -Ferlingethi aparece también de seguida publicado en los Cuadernos de Poesía D. Quijote – pude darme cuenta de cómo el movimiento beat continuaba la impresionante revolución literaria que Withman había iniciado casi un siglo antes y cómo esos nuevos escritores de vidas aventureras y disolutivas, grandiosas y miserables, sublimes y decadentes, eran la expresión más auténtica de la nueva América; pero también de la vieja, la que siempre permaneció escondida y silenciada por los poderes públicos, por los burócratas y por los moralista; y esa nueva voz plural que resonaba del otro lado del océano iluminaba por fin la literatura del mundo entero, se difundía e iluminaba, abría caminos e iluminaba, se propagaba e iluminaba. Todo cuanto hacía se mezclaba en todas las revoluciones habidas y por haber, la revolución moral, la revolución sexual, la de las costumbres, la de las artes, incluso de la música, el teatro, la pintura, el viaje.
Los autores se liberaban no sólo a través de la palabra, sino también a través de sus actos. Experimentaban todas las drogas, todas las inspiraciones, todos los orientalismos. Peyote y zen, LSD y Rock, pacifismo y daikinis, mantras y sexo, alcohol y vedas, Magic Bus y Ruta 66, todo era poético, todo se insertaba en el alma grandilocuente de los desilusionados por la América oficial y oficiosa y por un mundo cerrado y reconcentrado que sólo podía ofrecer almas cerriles, misas ideológicas, izquierda y derecha gastadas y absurdas, dogmas y disciplinas.
Ahora bien, de ese mundo que vio nacer la poesía beat, también nació un mundo nuevo en el que se fundaba la poesía. Y ese mundo ansioso, bravo, emergente va paralelo, al mismo paso y al mismo ritmo, que la nueva literatura en prosa y poesía. . Francia conocía el Mayo de 68. Inglaterra veía nacer el movimiento hippie y todas las manifestaciones sociales, artísticas y morales que lo acompañaron. Las dictaduras viejas agonizaban ya, aunque no lo supieran. América despierta generacionalmente debido a la tremenda injusticia de la guerra de Vietnam. Los jóvenes de todo el mundo buscaban un nuevo modo de entender y de entenderse -y querían conocer lo que había más allá de lo que les enseñaban en los manuales, querían poseer otro espíritu y buscaban la enseñanzas del budismo y de la paz, abiertos a lo nuevo, a lo extraño, a lo diferente. Buscaban en el mundo pero esencialmente, buscaban dentro de sí mismos. Fue una juventud de rostro multinacional y multicultural que sin embargo, ya pasó como todas; y las revoluciones prometedoras cayeron bajo la pata agreste de un nuevo / viejo mundo retornado en el que la única regla es la codicia, el éxito a cualquier precio, el adoctrinamiento, la servidumbre disfrazada de libertad, la teocracia galopante.
En Portugal, la mayor parte de la poesía que se escribe a partir de los años 70 está en deuda, en mayor o menor medida, aunque algunos no puedan reconocerlo, con los autores de la generación beat. Hay algunos ejemplos:

José Palla e Carmo, por supuesto, profundo conocedor de la poesía americana, quien la introdujo en Portugal a finales de los años 50 con sus traducciones de Ezra Pound, Elliot y luego de Ginsberg y Ferlingetti; la poesía de Nuno Júdice como aludí más arriba, en esas primeras obras donde está clara la transgresión de las reglas de la poesía, pero de modo absolutamente natural, la cadencia poética de la frase, el poeta que habla de sí mismo al hablar del mundo; poetas como el poeta luso-estadounidense Frank X. Gaspar de la diáspora portuguesa; o Juan Carlos Raposo Nunes, o Ruy Belo por lo menos en las obras Toda la Tierra (1976) y Despojado de la Tierra de la Alegría (1977); algunos como Manuel António Pina; o la poeta Margarita Vale de Gato (también traductora e investigadora de la poesía norteamericana); o Joaquim Pessoa, José Carlos Barros, Paulo da Costa Domingos o Antonio Baeta;  y actualmente, Juan Bentes.
Además muchos de los cantautores de aquellos años 70/80: Sérgio Godinho, José Mário Branco, José Afonso en su etapa final con mucha claridad, Jorge Palma, Mario Mata, e incluso todos lo que, bajo una u otra opción diseñaron  baladas,  rock portugués, los rappers o punk, fueron tributarios de Dylan, Donovan, Amiri Baraka, Meredith Monk, Sonic Youth o Patti Smith.
En la prosa, donde es notable la influencia de William Burroughs, Kerouac o Bukowsky en escritores como Lobo Antunes, Alberto Pimenta, o la propia escritura de Saramago. En el caso de la escritura, la libertad de la prosa, la subversión de las reglas asumidas como clásicas hasta entonces, el modo displicente de exponer pero sin herir la unidad del texto ni su rigor.
Yo mismo siento en mi escritura, clara e ineludiblemente, la profunda influencia de la poesía Beatnik. La siento presente en el modo, en la expresión y en las muchas referencias,  tanto en las Visiones de Marín, de 1987, como también en libros posteriores, y muy claramente en la Oda en Viaje, en la Oda a la Libertad, en Lejos de Sefarad, en el Sermon de la Montaña (además dedicado a Ginsberg) y en Oda a la Europa Muerta.
La herencia beat se mantiene plena y viva a nivel literario. A pesar del imparable giro de las generaciones, del eterno evolucionar de los tiempos, del regreso peligroso a los años oscuros de los nuevos fascismos, de las multitudes de creyentes ululantes que gritan desde el altavoz de su ignorancia por Dios y por la muerte de los demás, cuando repito, a pesar de todo esto,  los poemas de Ginsberg o de Crane o de Ferlinghetti siguen ofreciéndonos, como el primer día y la primera lectura, aquel profundo choque de asombro y deleite, y siguen su camino influenciando a generaciones de las que dista ya casi un cuarto de siglo , sabemos que el estilo, el ritmo, la claridad y el coraje literario de esa generación se superpone al paso del tiempo. Sobrepasó las circunstancias de su época de creación, sus límites temporales y locales, su contextualidad geográfica. Superó el curso de los años y alcanzó para siempre, su inextinguible inmortalidad.
 

Fernando Cabrita es abogado, poeta, ensayista y director del Festival Poesía a sul en Olhao ( Algarve )

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