jueves, 29 de abril de 2021

GARY SNYDER. ALAMEDA 39.4

Traducción de Pedro Sánchez para Alameda 39.4

Poeta, activista medioambiental, educador, profesor de escritura creativa, antropólogo y mucho más. Nacido en California en 1930, se crió en pequeñas granjas del noroeste de Norteamérica. Desde muy joven se sintió fascinado por la cultura de los indios americanos, su vida tribal y su armoniosa relación con la naturaleza, en su juventud se hizo experto montañero y en técnicas de supervivencia, desempeñando diversos empleos relacionados con la vida en el bosque y en zonas montañosas. Estudió antropología y como contraste o complemento a su pasión por la naturaleza en estado salvaje, se interesó por las culturas y espiritualidad orientales, la meditación, el budismo Zen, los haikus japoneses o la pintura china, que el considera antídotos contra las “enfermedades” de Occidente. A mediados de los años 50 estudia japonés y chino en la Universidad de California, en San Francisco, donde comienza a publicar su poesía y a relacionarse con los máximos exponentes de la cultura Beat; Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Lawrence Ferlinghetti. Los años siguientes los pasó viajando por el mundo, especialmente por Asia, embarcado en diversas aventuras y proyectos culturales, sociales y literarios. La poesía de Snyder es de línea clara y sencilla, en verso libre, con influencias de las obras de Whitman, Ezra Pound, la poesía oriental y la tradición oral. Su poesía habla de la vida cotidiana y el orden social, tejidos con sus experiencias de dimensión mística y religiosa, a la vez que enfoca sus versos sobre el poder de la Naturaleza, con un alto grado de conciencia ecológica y medioambiental. Ganador del prestigioso premio Pulitzer a mediados de los años setenta, con su obra Turtle Island, y del premio Bollingen a finales de los noventa, sigue en activo como activista y ensayista, publicando lúcidos poemas y ensayos como La práctica de lo salvaje y La mente salvaje (2016).


CANCIÓN DEL GUSTO

Comer las vivas perlas de hierba

Comer huevos de grandes pájaros

la carnosa dulzura apiñada

en torno al semen de árboles que se mecen

los músculos de los costados y las patas

de vacas de voz suave

el brinco en el salto del cordero

el latigazo de la cola del buey

Comer raíces que engordan

bajo tierra

Invocar la vida en los vivaces

puntos de luz que giran encerrados

en el espacio

escondido en la uva

Comer cada uno la semilla del otro

comernos

ah, el uno al otro

Besar a tu amante en la boca de pan:

labio a labio


PARA LOS HIJOS

Las crecientes colinas, laderas,

de estadísticas

ante nosotros,

la empinada subida

de todo, arriba,

más arriba, mientras todos

vamos hacia abajo.

En el próximo siglo,

o en el siguiente a ese,

dicen,

habrá valles, pastos

donde poder reunirnos en paz

si lo conseguimos.

Para escalar las futuras crestas

una palabra para ti,

para ti y para tus hijos:

permaneced juntos

conoced las flores

id hacia la luz


SÓLO UNA VEZ

casi en el ecuador

casi en el equinoccio

exactamente a medianoche

desde un barco

la luna

llena

en el centro del cielo.


KIOTO: MARZO

Unos cuantos copos leves

caen en el débil sol;

los pájaros cantan en el frío,

un avetoro junto al muro. Los brotes

de ciruela prietos y helados germinarán pronto.

La luna comienza su primer cuarto,

una borrosa rodaja al oeste

en el ocaso. Júpiter a medio camino,

arriba al final de la meditación

nocturna. El grito de la paloma

vibra como un arco.

Al amanecer la cima

del monte Hiei se cubrió

de polvo blanco; en el aire claro

los pliegues de las verdes colinas

que se hunden alrededor de la ciudad

son cortantes, respirar duele. Bajo los tejados

los amantes se alejan, de la cálida maraña

de suaves cuerpos bajo la colcha

y rompen el agua helada para la cara

y despiertan y alimentan a los hijos

y a los nietos que adoran.


CAMBIO DE PAÑALES

!Parece tan inteligente¡

boca arriba

sus dos pies agarrados por mi mano

sus ojos de un lado a otro,

sobre un póster gigante de Jerónimo

con un rifle de repetición Sharp sobre las rodillas.

Abro, limpio, él ni lo nota,

ni yo tampoco.

Piernas y rodillas de bebé

los dedos de los pies como guisantes

pequeños pliegues, para comérselos,

ojos brillantes, relucientes orejas

el pecho inflado al tomar aire.

No te preocupes, amiguito

tú y yo y Jerónimo

somos hombres.


ESTÁN LOS QUE LES GUSTA ENSUCIARSE

Están los que les gusta ensuciarse

y arreglar cosas.

Esos beben café al amanecer,

cerveza después del trabajo.

Y aquellos que se mantienen limpios

y lo observan todo,

para desayunar toman leche

y zumo por la noche.

Están los que hacen ambas cosas.

Esos beben té.

Sumisión anónima.

domingo, 24 de enero de 2021

Las librerías

La noticia del cierre de una librería debería ser motivo de gran duelo para los habitantes de cualquier barrio o ciudad. La del cierre de Las Libreras me coge en plena lectura del libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco, un viaje apasionante por la historia del libro, que me tiene embaucada. Los que provenimos de la era analógica, los que aún tuvimos que abrir las cajetillas de las bibliotecas y dirigirnos al mostrador con la tarjeta en la mano, rezando por el camino que el ejemplar que necesitábamos para nuestro trabajo no estuviera prestado, los que aún llegamos a maquetar las portadas de nuestros trabajos escolares y académicos con cajas de luces y letraset, guardamos, en las galerías de nuestras almas, estampas bellísimas de un tiempo que ya no existe y que se va difuminando y volviendo de color “ filtro vintage”. La primera “librería”, en el significado anglosajón, de la que tuve conocimiento fue la de mi padre. En realidad era un mueble-bar, pero allí no se atesoraba ninguna bebida alcohólica ni tampoco ninguna caja de medicamentos, allí sólo se guardaban libros. En cualquiera de sus estantes había libros a rebosar. También había un magnetofón de cinta que me atraía poderosamente y los cuadernillos de la carrera de filosofía que mi padre hacía a distancia. Mi madre me hacía limpiar el mueble todos los sábados por la mañana desde muy pequeña. En principio, yo asumí aquella tarea como un castigo y a regañadientes, porque desde el primer día, limpiar aquellas estanterías me llevaba demasiado tiempo. Yo iba sacando los libros uno a uno, echándoles un ojo, pasándoles el trapo y volviéndolos a colocar, y siempre había alguno que me distraía un par de horas de mi trabajo. El primer libro que cayó en mis manos fue un librito marrón llamado Campos de Castilla de un tal Antonio Machado editado por Círculo de Lectores. Abrí el libro, leí los primeros versos y me senté en el suelo frío con el trapo a un lado. No pude dejar de leerlo. Creo que copié sus poemas durante años y también recuerdo que, al abrirlo, pensé que nunca había oído a nadie hablar así. Me pregunté por qué nadie me había dicho que se podía hablar de esa forma. Yo tenía 6 años. En esas mañanas de sábado, y de la misma forma, leí a Lorca, a Juan Ramón Jiménez, a Miguel Hernández… con ellos me fui haciendo mayor y, a través de ellos, llegué también a la música de mi madre: Mari Trini, Serrat, Amancio Prada,... que cantaban con la misma voz que salía de esos libros. En mi pueblo no había librerías, sólo había kioskos que vendían y cambiaban tebeos, así que mi educación literaria podía oscilar entre leer el Rojo y negro de Stendhal, descubierto en la biblioteca de mi padre, a las divertidas aventuras de Zipi y Zape o las rocambolescas escenas de 13 Rue del Percebe. Mortadelo y Filemón nunca me gustaron, lo cual era ventajoso para mí porque eran los primeros que se “gastaban”, es decir, los primeros en desaparecer de la pila de tebeos intercambiables. Lo increíble de aquello es que el proceso de selección de un tebeo podía llevar horas y el kioskero te dejaba manosearlos y abrirlos todos, de modo que si eras ya hábil en la lectura, podías llegar a leer unos cuantos mientras te decidías. Un día alguien me habló de que en el pueblo había un lugar con muchos libros y que se llamaba biblioteca. También me dijeron que había libros para niños y que podías llevártelos a casa. Después de indagar y descubrir que la biblioteca estaba cerca de la casa de mi abuela, planeé mi visita a escondidas. La noche anterior no pude dormir. No le dije nada a nadie temiendo que me prohibieran ir sola. La visita fue decepcionante. La sala, sólo había una, no contenía muchos más libros que el salón de mis padres, y la bibliotecaria, una solterona malhumorada que nada sabía de libros y que tenía poca empatía con los niños, no me dejaba tocarlos. A pesar de que allí nunca había nadie, me dejó explícitamente claro que los libros se los debía pedir a ella para no desordenarlos, que sólo podía sacar tres en cada visita y que debía leerlos allí. La operación “ biblioteca” se desinfló tras la cuarta o quinta visita. No poder tocarlos, ni abrirlos ni cerrarlos, no poder leer un poco antes de decidirme, incluso no poder sentarme en el suelo para mirar los de los estantes más bajos, me amargaba enormemente y siempre volvía a casa malhumorada. Sentía siempre su mirada en el cogote.

Un poco más tarde descubrí que los libros podían ser, para algunos, “peligrosos”. La siguiente imagen relacionada con libros que guardo en “mis galerías” es la de mi madre, en nuestro piso “ de los maestros”, intentando esconder algunos libros mientras lloraba. No sé si los tiraba a la basura o fue mi imaginación la que fabricó, con el tiempo, su imagen intentando quemarlos en un pequeño lavadero que teníamos. Algún día se lo preguntaré. Aquella noche mi padre no vino a casa, pasó la noche en el ayuntamiento. Era 1981 y yo tenía 8 años. Los libros de los que mi madre intentaba deshacerse eran de un tal Mao y un tal Marx y nosotros no teníamos teléfono, así que mi madre se pasó la noche en vela llorando hasta que vio entrar a mi padre al amanecer.

¿ Dónde podíamos conseguir libros los adolescentes y los jóvenes en un pueblo sin librerías y con una biblioteca a medio gas? Si no hubiera sido por esos representantes de libros que llamaban a la puerta oliendo a sudor con sus catálogos bajo el brazo y los zapatos polvorientos, no sé qué habría sido de nosotros. Mi madre estuvo comprándole libros al Círculo de Lectores hasta el mismo año en que cerró. La navidad del 2013 aún nos sorprendió regalándonos algún libro de Isabel Allende o de María Dueñas. Yo le pregunté sorprendida si todavía le compraba al Círculo de Lectores y mi madre contestó - ¿dónde quieres que compre libros en este pueblo sin librerías?- El día que lo cerraron, un año más tarde, el representante vino expresamente al pueblo a despedirse de mi madre. Había sido una buena compradora. Tocar a su puerta significaba venta segura. Los tentáculos de Amazon comenzaban a ser demasiado poderosos y las librerías, en las ciudades casi siempre, tuvieron que reinventarse ofreciendo cafés y tartas, poniendo en pie una programación cultural o realizando talleres y lecturas. Una de las cosas más asombrosas ha sido la gran cantidad de actividades para niños que han puesto en marcha. Si yo hubiera podido vivirlas con siete años, habría sido la niña más feliz del mundo. A mis hijos los he llevado a infinidad de talleres y actividades infantiles y he visto cómo disfrutaban y aprendían.

El cierre de una librería en un barrio es el cierre de muchas ventanas al mundo. Los que nos dedicamos a escudriñar en librerías de viejo, en revistas antiguas o en mercadillos de libros de saldo, sabemos que no todo está en internet; que para descubrir a veces una verdadera joya olvidada hace falta abrir muchos libros, muchos; que no todos los libros, cuando los abres, les hablan de la misma forma a todas las personas; que llegar al papel impreso, como cuenta Irene Vallejo, ha necesitado un largo camino de luchas, guerras y sangre entre pueblos; que cuando una librería abre se enciende una luz y se apaga, cuando la cierran. El cierre de las librerías es el inicio del fin de los libros de papel. Nadie comprará algo que no puede abrir, que no sabe qué contiene dentro. Ni siquiera online. Quien compra online lo hace porque antes tiene referencias del libro en otros espacios, en presentaciones, lecturas o talleres. Cerrado el espacio, desaparecen también las referencias. La situación actual no ayuda. Desapareció el representante polvoriento de los pueblos, desaparecen las pequeñas librerías en pueblos y ciudades, pero todos tenemos la esperanza de que esta situación sea sólo transitoria. El momento de retirarse a reinventarse y tomar impulso. Nosotros, los eternos y raros niños-lectores, a los que nos gusta hojear libros y sentarnos en el suelo, estaremos siempre esperando expectantes a que abra alguna.

viernes, 1 de enero de 2021

Revista de poesía Alameda 39.7

Editorial de la revista Alameda 39.

Núm. 7


Hace ahora 20 años, cuando empecé a estudiar alemán, descubrí la palabra Kulturbeutel que significa bolsa de aseo. Siempre me pregunté cuál sería el origen de esta palabra y qué relación tenía la cultura con el aseo.

Con el uso las palabras se desgastan, van perdiendo la relación con su referente y volver a la etimología es un viaje apasionante de regreso por los caminos que atan el lenguaje humano a la realidad. Descubrir cómo nos hemos formado, cómo percibimos el mundo, cuál era la percepción que teníamos de un objeto justo en el momento de mimetizarlo o plagiarlo por medio lenguaje y estamparlo en alguna palabra, volver a la casilla de salida nos sirve para conocernos. 

Algunos años más tarde y gracias al libro de Fernando Broncano Cultura es nombre de derrota, aprendí que " cultura" proviene de la palabra latina "colore". De ella derivan palabras como cultivar ( el cuidado para hacer crecer las plantas aplicando una determinada sabiduría), colonia ( el lugar en el que se reúnen los colonos, las personas que trabajan o cuidan la tierra y con sus cuidados hacen crecer una determinada sociedad ), culto ( el trabajo o el cuidado para hacer crecer el espíritu), cultura ( el trabajo o los cuidados para hacer crecer la dimensión humana), colonizar entonces, no era asentarse en un territorio para expoliarlo sino para cuidarlo. Las entrañas de Kulturbeutel, por fin, se abrían de par en par: la bolsa de aseo es la bolsa de los cuidados. Escribí entonces un post en Facebook que decía así: “En los tiempos que corren convendría enarbolar menos banderas y símbolos y "asearnos" un poco más, consumir más cultura y menos black friday”. 

Los misteriosos e imperceptibles hilos que atan el lenguaje a la realidad, la aprehenden e imitan, son mágicos. ¿ Qué fuerza descomunal conmovería al mono-hombre a imitar la naturaleza por medio del lenguaje para poseerla y doblegarla sin poder oponer resistencia? 

Durante este año nefasto, que acabamos de dejar atrás, hemos vivido imágenes dantescas que pensábamos veríamos sólo en el cine: pérdida de amigos y familiares, aumento de las distancias sociales, restricciones de muestras de cariño y de movilidad… y, sin embargo, la cultura estuvo ahí para acompañarnos. En los peores momentos, el cine, la música, los libros...cuidó y sanó nuestro espíritu, curó nuestras heridas, nos exhaló un soplo de esperanza, e incluso, nos salvó de la locura, la depresión y la soledad. 

No importa en qué lenguaje ocurra el hecho poético. No importa la forma en la que se materialice: notas musicales, lenguaje plástico, símbolos matemáticos o lingüísticos, jeroglíficos, movimiento corporal, danza … el hecho poético en sí es anterior a todos ellos y los trasciende, trasciende géneros y disciplinas artísticas.

Con el libro de Manuela Parra, que aquí reseñamos, aprendimos que es en los peores momentos de la humanidad, en el exilio político, en la ausencia de libertad en los campos de concentración, en la prisiones, en los momentos en los que el ser humano lo ha perdido todo, trabajo, casa, amigos, hijos… donde el hecho poético se manifiesta de forma más intensa y se convierte en una necesidad vital.

¿ Es posible escribir poesía después de Auschwitz? ( Adorno). Sí, definitivamente sí. Y durante Auschwitz también. No sólo posible, sino necesaria; mucho más cuando al hombre le es arrebatado el derecho a la palabra, a la cultura, al cuidado de uno mismo y de los otros.

Poesía fue aplaudirnos los unos a los otros, escribir en la ventanas que pronto saldríamos de esta, preguntar a nuestros vecinos si podíamos ayudarles, subirles la compra hasta el quinto, llamar a los amigos cuando perdieron al amor de su vida, a su padre o a alguien cercano, escuchar por el mero hecho de saber que a alguien le hace bien, recibir llamadas de amigos casi olvidados interesándose por nosotros, sostener a los niños para que no sufrieran y que siguieran pensando que la vida era bella y valía la pena vivirla y de que a pesar de todo, “ todo esto pasará”.

Poesis no es el virtuosismo de la técnica, no es la orfebrería lingüística, no es el artificio literario, no es la industria cultural ( industria - cultural ¡ qué combinación !), sino la búsqueda de la belleza, la belleza poética que no estética, y es esa semilla la que quizás debemos cuidar.

Cuando los árboles hablaban la lengua de las cigarras, Manuelle Parra Serault

Cuando los árboles hablaban la lengua de las cigarras.

Ed. Garvm

Col. Garvm poesía

2020

Manuelle Parra Serault


                                                                                                                Gema Estudillo


Cuando los árboles hablaban la lengua de las cigarras es el primer poemario de Manuelle Parra Serault. Nacida cerca de Montpellier, hija del exilio español, poeta y grabadora, se define a sí misma como “ francoespañola que vive en la línea indecisa de una frontera mal cosida”. Activista cultural y organizadora de los encuentros poéticos de Voces de Extremo en Francia, Parra ha sabido buscar, profundizar y extraer de la experiencia vital que supuso el exilio español, en los campos de concentración franceses, la esencia poética del grito desgarrado de sus protagonistas. 

Como ella misma cuenta, su padre pasó por seis campos de concentración y de trabajo antes de callar para siempre y vivir de espaldas a sus raíces. El profundo dolor, la ausencia de memoria a lo largo de la mayor parte de su vida fue la que le impulsó a estudiar, investigar y crear dentro de la recuperación de la memoria histórica, porque “el hombre, memoria de las civilizaciones,/avanza con dificultad en los bordes del destino/hacia las luces que se apagan/ hacia las persianas que se cierran” .

La poesía de Manuelle Parra, de gran impronta plástica como sus grabados, no en vano ella reconoce que no sabe qué surge primero, si el poema o el grabado, ( “ simple boceto de un legado no consensuado./ Mi historia, la que llevo puesta/ grabada en las entrañas del corazón/ estampa de estos dolores amontonados/ de esta hambre jamás satisfecha…” ) se yergue sobre la conciencia social de los perdedores y entronca con la mejor literatura del exilio resultado de aquella experiencia: El caballo griego de Manuel Altolaguirre, Diario de Djelfa de Max Aub o Los días están contados de Gil-Albert. ( “ un cúmulo de separaciones/ hatillos a modo de bandera/las manos en los bolsillos para cruzar la frontera que no deja de extenderse/ este largo peregrinar transmitido en herencia por mis antepasados lejanos…” ). La denuncia, el miedo o la resistencia al olvido son temas frecuentes en muchos de sus poemas. Ya Aznar Soler en su artículo “ El campo de concentración francés como espacio escénico en la literatura dramática del exilio republicano español en 1939” analizó la importancia que tuvo para muchos de los intelectuales españoles el haber pasado por estos campos. Manuella Parra ha trabajado también y estudiado en esta línea las manifestaciones artísticas, fundamentalmente plásticas, que fueron capaz de llevar a cabo los hombres y mujeres que allí se encontraban internados. Para Parra, el hombre desposeído de todo, a veces de los más elementales enseres para el aseo o la nutrición, habiéndolo perdido todo, como bien explicó también Jorge Semprún en La escritura o la vida, se aferra a la palabra o al arte como última esperanza ( “ Cada ave en estas rejas/libera nuestros sueños./ Los pocos rayos de luz/reaniman nuestras vidas/ y las cenizas de la desgracia/se sepultarán por fin”).

Pero Manuelle Parra, concienciada también de los grandes males del presente, denuncia en sus poemas la tragedia de la inmigración en las costas europeas, los desastres medioambientales, el poder destructor del turismo de masas o “ la falta de transparencia/sobre la verdad de la guerra/asesinos invisibles/ a la conquista de los mercados/ y el dinero acumulado/ por los trabajadores de fábricas que moldean las armas definitivas/ que un día les harán llorar”. 

Poesía de la conciencia crítica como agua clara y transparente que Manuelle Parra, como quien recorre kilómetros en el tiempo para hacer una ofrenda guardada durante años, devuelve a su lugar de origen y la deposita en su cauce natural.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Escollos, Gema Estudillo

 Escollos


Era aún joven, no lo sé,

a no ser por algún crujido

nunca tuve la sensación del discurrir del tiempo

mientras caminaba por las calles de París, 

Besançon o Colonia,

mientras abordaba trenes que iban hacia alguna parte

-aunque yo no sabía muy bien a dónde me dirigía-

a alguna ciudad en la que yo pudiera pegar mis carteles, 

Diusburg, Leverkusen, Bielefeld

u otras que me pillaban de paso en el tránsito

hacia otro lugar, 

carteles que decían, -busco algo, decidme qué-

bajo la lluvia eterna de ciudades del norte, 

en cafés silenciosos con olor a té, 

leyendo un libro

mientras veía caer la nieve a través del cristal

en la frondosa alameda del café Elefant,

-buscando qué-

portales Jugendstill

anunciando como un faro que allí vivió Henrich Böll

o recordando otros edificios aún más antiguos

donde vivió Courbet a orillas del Doub, 

escaparates de cafés que protegían del frío

y enfrente, junto a un árbol amarrada,

mi famélica bicicleta,

que luego me robaron en la estación de tren.


Y cada mañana un ticket de ida y vuelta, 

6,80 la hora

-ich muss arbeiten-

los ojos bien abiertos en la Bahnhof

más para oír que para ver, 

más para entender este idioma endiablado

que para mirar

-si abres bien los ojos,

escuchas mejor,

tú,pez boqueante asfixiado en una charca-

Desde el andén la ciudad gris, trazada de cables, 

es tan fea como las demás. 


El café Granvelle con su decoración de

fin de siècle y su tertulia filosófica

cerca de la universidad,

rue de la prefécture.

El café Fleur, donde descubrí que Aquisgrán

no era un país de oriente medio, 

y aquel loco que sudaba

y se quitó la camiseta,

corrí a la estación como una loca

intuyendo

que no quería clases de español.

El café Schmitz

con sus encuentros y desencuentros

-por qué nos buscamos, incansablemente,

a nosotros mismos en los demás-


El tiempo frío y gris

me sienta bien,

atempera mi carácter nostálgico,

arropa soledades que me acompañan desde antaño,

esta balsa oleaginosa en la que flota

mi espíritu,

El tiempo,

verticalidad constante,

equilibrio suicida sobre el que mantenerse.

Horas de silencio tras la ventana de un patio ciego

en el que se oía música y caía la nieve,

horas de silencio en el dormitorio de un lycée,

en las paradas de metro, en los taxis,

en los aviones, en el vagón de las bicis,

el tiempo tronando

tic, tac… tic, tac

y el mundo se desvanece

se desdibuja cada segundo un poco más

- que más da,

el tránsito por la vida es casi imperceptible-

el tiempo resbalando por las fachadas,

derritiendo la nieve.


Toda la noche estuvo nevando

y yo no lo oí,

nunca antes había sucedido en mi presencia

y no lo intuí,

me perdí el descubrimiento del hecho mágico,

no percibí la transitoriedad del otoño al invierno

como tampoco la del ayer hasta ahora.

Simplemente abrí la ventana

y ya estaba allí,

adherido a las hojas,

imitando su forma,

cada una de ellas reproducida en blanco

desde el centro a la punta,

nieve sobre pinocha

en un alarde de equilibrio,

cristales centelleantes bajo la luz

aún tenue de la mañana,

el crepitar del hielo bajo mis pisadas,

tintineo cristalíneo en la noche ahogada.


Montañas ingentes de Sant Luc

que tanto me sobrecogieron,

valle profundo,

cicatriz negra abierta de par en par

bajo el claro de luna.


Antros de hampones en la Beidengasse,

mendigos y sombras que rondaban por las calles

del Eigelstein a la catedral,

vivían en las galerías del metro de Ebertzplatz.

Tuertos, sucios, escuálidos,

cargados con sus mochilas y repletos de pústulas,

que bebían cervezas con el dinero

del Pfand.

Mujeres semidesnudas apostadas a trece grados

bajo cero

en el alféizar de una ventana de primera planta

que dejaba ver una cama sucia, 

desordenada, lista para usar.

Me crucé con el camello que salió de su portal

cerrándose la bragueta

y abrochándose el cinturón,

mientras sus amigos le esperaban en un coche

aparcado en la puerta.

Como quien viene de solventar

una necesidad imperiosa.

Me clavó sus pupilas con una media sonrisa maliciosa

y esbozó un -hallo-.


Die rote Lampe,

die rote Lampe

a orillas del Rhin.

Kioskos del barrio con luces rojas.

Eigelstein,

piedra sobre piedra,

calzada romana,

familias judías al completo

grabadas en plaquitas doradas

en las aceras,

-escollos- los llaman- stolpersteine-

para recordarnos

que caminamos con una piedra dentro el zapato 

y se llama Sonja Schmidt,

deportada a Auschwitz en 1941

Siete miembros de una misma familia

había incrustados en las piedras

del suelo

nada más salir de mi portal.

Universo, oscura boca de cántaro

en tus paredes rebotan eternamente sus nombres.


Y ahora estoy aquí en la arena,

a 2371 kms y veinte años

y no lo vi,

no lo intuí,

entre la desembocadura del río y la playa

en este cerco en el que me arrodillo sin ver el mar

en el que invoco todos vuestros recuerdos

en este enorme útero terrestre

-qué será del tiempo

-qué será de nosotros

en qué universo paralelo podremos asistir

y salir indemnes

al espectáculo doloroso y siniestro

de nuestra propia transitoriedad.

Gema Estudillo