jueves, 10 de enero de 2019

DE MARES GRANDES Y PECES PEQUEÑOS. Gema Estudillo


Mi primera incursión en el mundo editorial fue poco tiempo después de terminar los estudios universitarios. Cansada de enviar curriculums a grandes editoriales y de no obtener ninguna respuesta, decidí montar mi propia editorial con tres amigas. De aquella efímera y romántica experiencia que fracasó, entre otras muchas cosas porque ninguna de nosotras tenía idea de distribución y comercialización, aprendí mucho. En primer lugar, a distribuir la carga de trabajo, a cumplir objetivos y compromisos y sobre todo, que los libros, como todo el mundo sabe, hay que moverlos. Aquella pequeña editorial fue engullida por otra mayor que a su vez fue devorada por un pez más gordo. Cuando una editorial mayor se interesa por otra más pequeña, se arma un revuelo de albricias y alegrías comparable a la lotería de navidad. Luego, con el tiempo, una se da cuenta de que el único objetivo de la mayor es hacerla desaparecer, limpiar la zona, erradicar cualquier atisbo de competencia por pequeña que sea. En este mundo de pocos lectores, cualquier pequeña editorial que distribuya en un radio de acción provincial o regional, suele provocar grandes quebraderos de cabeza a otras mayores. El escaso espacio de las pequeñas librerías o escaparates está ya destinado a las obras de mayor tirada, y si se trata de poesía, quizás tienes suerte de encontrar una estantería con tres baldas. Durante toda la historia de la literatura, la mayoría de los editores de cualquier país, eran editores locales o provinciales. Ser editor o impresor era un oficio tan necesario en cualquier comunidad pequeña como ser zapatero o boticario. Casi todos ellos alimentaban a familias de cuatro y cinco miembros con su trabajo diario. Y esto ocurría en cualquier ámbito profesional. Por poner un ejemplo, hace unos años se jubiló una señora viuda que regentaba una floristería en la esquina de mi calle. Al frente de aquel negocio, la señora había criado a cuatro hijos y tres de ellos habían hecho estudios universitarios. Desde que la traspasó, he visto abrir y cerrar el mismo local tres o cuatro veces en menos de cuatro años. Ninguno de los negocios ha durado más de seis meses. Lo que quiero demostrar con esto es, que el concepto capitalista de negocio, asociado siempre al de éxito rápido y a la manipulación de herramientas con este único fin (véanse hoy las redes sociales ), ha engullido el concepto de trabajo. El trabajo de todos los días, el que nos da de comer y servía para llevar una vida modesta y digna.

Gema Estudillo

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